Era el verano del año 99. Una llanta desinflada y lo amarillento entremezclado con el sutil verde del paisaje. Tess me sonreía, estábamos varados en la carretera, en una mancha de asfalto en medio de la sierra, símbolo del ultraje que la humanidad ha dejado sobre la piel de la tierra, indeleble marca de proceso, todavía tengo a Tess fresquecita en la memoria, a todos ese lugar, y a Ricardo.
Aquellas piernas largas recién tostadas, Tess caminándose en su baño de sol, la muy descarada con las tetas al aire, muy in, haciendo el topless, excitándome, hasta que ser tan evidente, que compadeciéndose de mi , se levantaba como una ola, calmando mi ardor con su frescura de mar. La indomable Tess me desarmaba de nuevo, porque si , y porque ese rea nuestro juego de quitarle la cascara ala fruta. Yo lo permitía, me daba la gana.
Y allí estábamos, gastando los cerillos inútilmente, al filo de la carretera, en quien sabe donde, ni por que. Tess era medio inútil. Sentada, asomaba las piernas fuera del coche, y se recargaba en Ricardo, quien tampoco ayudaba de mucho, era yo quien terminaba haciendo las esas pequeñas tareas queriendo salir de ese punto perdido, seguir el recorrido de nuestro viaje para poder llegar aun oasis, ala siguiente noche, la diversión, los cuerpo el vino. “¡Me lleva la chingada!” , ya me había cortado el dedo, y me empezaba a desesperar. Los dos asomaron desde el interior del coche, y Tess vino hacia mí. Buscó mi mano y la llevó a su boca, succionando mi dedo como un bebe hambriento; sentí ala acogida de sus labios y aquella húmeda cosquilla cuando revolcó mi dedo junto a la tibieza de sus lengua.
Puse todo mi empeño en apretar bien las tuercas, y para eso si me ayudo Ricardo, el magnifico amante del diluvio traído al mundo por las computadoras, que no sale de casa sin un libro de Borges en su mochila, que ama la fast food, que puede bailar mas de 8 horas seguidas bajo los efectos de las pastillas en un rave; el miedoso a las alturas, incapaz de dedicarle albures a una chica, mi buen amigo; al menos se digno a mover un dedo.
El calor nos estaba haciendo presas de la desesperación, y ahí estaba Tess, sacando el gallote, muy oportuno, como ella; así era como solía cooperar en los momentos determinantes, anunciándose casi en silencio, estiraba su sonrisa de dios perfecta, mi Tess, no nos quedo otra que reponernos en brazos de un humito benévolo. “Ponte”, me decía Ricardo, y yo casi ni quise fumar, pero así, como no queriendo la cosa, me distraje con el follaje bailador, olvidando la preocupación de llegar cuando antes al siguiente pueblo, y pues así, así, me relaje de lo lindo, recargada entre las piernas de Tess
de eso pase a lo revuelto del cielo de esa tarde, que iba tornándose poco a poco obscuro, como lo mas profundo del mar; vi desprenderse del cielo una estrella y sentí el resplandor que daba a al cara de la luna con su conejo, los grillos y bichitos cantaban a ritmo electrónico , una canción de secuencias minimalistas, encendidas por el viento en su zumbido de introducción al trance, y en eso estaba cuando sentí mi piel incendiada, y no era mas que el frio que ya se dejaba sentir . y claro, la pinche Tess dando lata con su “me estoy meando” , lo que Ricardo y yo solo pudimos detener diciendo “pues ve a mear”.
Así de simple era estar con ellos. La pasábamos bien, ahora lo veo así, entonces, nunca te das cuenta de lo que es ese entonces, de lo que teníamos Tess y yo, hasta le pinche Ricardo. Si todo fuera así hoy, como en esa foto viejita, arrugada como mi piel, si todavía estuviera aquí la Tess que me hizo perder la cabeza, si todavía fuera, dejaría de hablar en subjuntivo, y pensaría: “voy por Tess y nos largamos esta noche al antro de Obregón y la 68, pasamos por Ricardo, bailamos, bebemos y regresamos mañana por la mañana, bien crudotes, pero bien contentos”, sin añoranzas en los bolcillos rotos, y con un montón de venidas en el señuelo del ojo, contento, y no acuoso, cansado de parpadear, lastimado por la entrada de luz intermitente, a causa de la ardorosa pasión de Tess en la cama. Por eso me acuesto en el suelo para dormir, los malditos colchones solo me remiten a su cachondeo constante y enloquecedor, que no puedo arrancar, y no quiero, de la memoria.
¡Maldita sea! ¡Vuelvan! ¡Vuelvan aquí!



